Texto
Desocupar los espacios invadidos por el éxtasis comunicativo, ocupar
la mirada con una enriquecedora actitud contemplativa, e invadir la
práctica generativa como forma de estar. Este parece ser el
planteamiento productivo y vital de Ignacio Estudillo (Jerez de la
Frontera, 1985), afincado y estimulado actualmente en Málaga. Joven
promesa de la pintura contemporánea que ya cuenta con merecidos
reconocimientos como el segundo premio de la BP Award 2012, que llevo
su obra 'El abuelo' a la National Portrait Gallery de Londres. Su
formación va desde el aprendizaje con maestros como Antonio Lopez o
un año de estancia en la Fundación Antonio Gala para jóvenes
creadores.
Sus bien-tratados paisajes nos ofrecen la posibilidad de escape a la
experiencia mediatizada de nuestra cotidianidad. Esta pretensión se
canaliza a través de espejismos, posibles lugares-mundos que se nos
presentan tan lejanos como íntimos. Escenas que surgen de una
contemplación participativa: complicidad posible por la consciencia
de una empatía rítmica con la naturaleza. Al tiempo que el lienzo
se reafirma como tal a través de la corrosión que aplica a su
forma. Esta agresión es análoga del ruido presente en todo mensaje.
Rompe así cualquier posible linealidad en el discurso. La imagen no
es sustituta de nada. El proceso que la genera es inseparable de
aquello que se nos presenta como definitivo. Lo representado es
adaptado como proceso, y se torna presentación.
Más puente que ventana abierta, sus cuadros incorporan
elementos de la historia clásica introduciéndolos en la naturaleza,
constante universal. Relaciono esta actitud creativa a cierta
nostalgia por un tipo de experiencia –forma de vida– que parece
no encontrar canales en el éxtasis vivencial que nos ocupa la
contemporaneidad. Se trata de una nostalgia aplicada y productiva.
Investiga en el potencial de la resistencia.
La intensidad que le ofrece la naturaleza en cuanto a apoyo, libertad
e incertidumbre –cierto sentido de apertura– es para él
comparable a la de aquellas prácticas pasadas en las que, con
religiosa voluntad, el hombre se entregaba la configuración y
percepción de imágenes trascendentales: la Grecia clásica, Egipto,
culturas precolombinas... La práctica de este artista se sitúa en
tensión entre tradición y su ruptura, entre el devenir de la
naturaleza y el artefacto, entre la presentación y la
representación. Esa fisura, esta grieta, es la que Ignacio
ocupa y dilata con la plasticidad de su práctica. La continuidad
exploratoria de estas posibilidades constituye para él una forma de
generación de ideas y códigos significativos. Un compromiso con la
práctica y el lugar que esta ocupa, un continuo ejercicio
perceptivo.
Antonio Navarro